El mejor regalo de reyes: “let´s do it”

Se llama Antonio. Tendrá entre 75 e infinitos años, no sabría calcularlo. Y es un sabio.

Yo trabajo a tomar por saco. También es cierto que vivo en el centro y para mí “a tomar por saco” es dentro de la M30.  Para Elena, una persona de mi equipo a la que pronto conoceréis todos porque va a petarlo en el mundo de la radio y que vive más allá de Móstoles, nuestro trabajo está en el centro. Todo en esta vida es cuestión de perspectiva/expectativas, “de hecho, debería existir una palabra que integrara el significado de las dos, porque las expectativas sin perspectiva y la perspectiva sin expectativas, no pueden hacerte feliz“; eso me lo dijo Antonio allá por septiembre.

La cuestión es que vuelvo en metro a mi barrio y el trayecto es lo suficientemente largo como para mantener una conversación. ¿Larga? O no.

  • “Hoy has salido más tarde que de costumbre”, me dijo Antonio.
  • “Tú también”, le contesté.

Y los otros 20 minutos estuvimos en silencio. Esa fue nuestra primera conversación… hará un año. Llevábamos casi dos años coincidiendo en el mismo vagón. Al tiempo me contó que él va a Bambú, nuestra parada origen de metro, a cuidar a sus nietos por la tarde. No me contó nada más. Ni cómo eran sus nietos, ni si sus hijos trabajaban mucho y por eso le pedían que se quedara con ellos, ni cuánto tiempo llevaba haciéndolo, ni se quejó. Ni nada más. Sólo eso. Se baja más allá de mi parada destino, pero nunca he sabido dónde. Tampoco se lo he preguntado, la verdad.

Antonio es parco en palabras. Pero las que dice, las clava. Nunca habla por hablar, ni quiere matar silencios incómodos, porque para él no lo son, supongo. El silencio es otra forma de hablar, pero sin palabras. Medirá un metro setenta escaso, le queda el pelo justo para saber que es canoso y tiene cara de pajarillo bueno. Los ojos pequeños y una voz muy suave por la que él sabe perfectamente que entre las estaciones de Chamartín y Valdeacederas no puede ni intentar que se le escuche. Mucho traqueteo.

Una, desconfiada y que lee demasiado la sección de sucesos, al principio evitaba volver a sentarse cerca de él. A él le dio exactamente igual. Siguió sentándose donde solíamos hacerlo y leyendo. Siempre va leyendo un libro o el periódico. Y sólo levanta la vista cada tres paradas (a veces cada cuatro) para ver por dónde va.

Al mes se me pasó la tontería, y volví a sentarme a su lado. Durante ese mes yo había estado leyendo “Matar un ruiseñor”, una novela muy crítica con el racismo estadounidense durante la Gran Depresión, y cuando volví a sentarme a su lado me estaba leyendo una biografía de Donald Trump. Él había estado leyendo “Crimen y castigo” y “Un mundo feliz”. Una cosa es que sea desconfiada y otra que deje de cotillear qué libro van leyendo mis compañeros de vagón, ¿vale?. Tuvimos un par de conversaciones de cuatro frases antes de esta.

  • Vaya cambios, hija
  • ¿Perdona?
  • De Atticus a Donald Trump
  • (Me reí)
  • En fin, cada uno lee lo que le viene en gana. Eso es estupendo.
  • Me la han dejado. La verdad es que no tengo ni idea de cómo es este tío.

Silencio durante dos paradas.

  • Me produce curiosidad -no sé bien por qué, volví a hablar-. Donald Trump, digo.
  • Mira su pelo. Y lo peor es que no es peluca. Todo es cuestión de complejos. No hay nadie malo, sólo gente con complejos que no sabe asumir.

Iglesia. Mi parada.

  • Hasta mañana.
  • Hasta mañana.

Desde entonces hemos tenido varias miniconversaciones sobre los libros que leíamos. Nunca sobre si nos está gustando o no. O sobre si hemos leído este u otro libro; eso sólo lo pregunta la gente que quiere demostrar que ha leído más que tú. Los dos sabemos que él ha leído mucho más que yo. Nunca hemos hablado del tiempo que hacía, ni de si el metro había tardado más o menos, ni de cómo nos iba la vida. Sólo de cosas realmente importantes.

  • Esa señora coincide mucho con nosotros en el vagón últimamente. Quizá deberíamos meterle en el club de lectura.
  • Tiene ebook. Es una moderna.

Por ejemplo. Y seguimos leyendo.

Nos saludamos con una sonrisa. Hay días en los que ni hablamos. Pero reconozco que cuando voy a su lado, antes de entrar y sin que me vea, me quito los cascos. Esta es una de las canciones que llevo en el MP3. Y te pido, querido lector, que te la pongas mientras lees lo que viene ahora.

La cuestión es que ayer por la noche, cuando volvía a casa, vi que Antonio bajaba rápido las escaleras porque perdía el metro. Llegó a tiempo para cogerlo pero no lo suficientemente rápido como para ver que me quitaba los cascos. Y era otro. Llevaba un traje de raya diplomática que le quedaba un poco grande. Con las solapas demasiado anchas. Calculo que no lo usaba desde hará una o dos décadas. Olía a una colonia que no suele utilizar. Y se habría peinado unas 200 veces, porque su poco pelo estaba más que alineado. Y una rosa en la mano.

Sonrisa.

Bambú, Chamartín, Plaza de Castilla y Valdeacederas. Leemos en silencio. Tetuán: esta es la mía.

  • Vas hecho un pincel.
  • Gracias.

Estrecho. Alvarado y no suelta prenda. Me veo obligada a romper el código. La curiosidad me invade.

  • Mañana reyes…
  • Sí.

Joder Antonio. Sí que te cuesta. ¡Necesito saber! Cuatro Caminos. Y por fin…

  • Tengo mi primera cita desde que enviudé hace 10 años.

Me planteo muy seriamente no bajar en mi parada. Ríos Rosas ya está aquí.

  • ¿Cómo le has conocido?
  • No seas cotilla.
  • (Me río)

Iglesia. Le miro. Creo que es la primera vez que le miro a los ojos mientras le hablo de cerca.

  • Suerte.
  • Gracias.

Llevo unas 24 horas con sonrisilla. Hoy, durante la comida con mi familia, me he acordado de Antonio. He pensado que igual había pasado una noche muy loca y me he sonreído más todavía.

The chimpanzees in the zoos do it
Some courageous kangaroos do it
Let’s do it, let’s fall in love

I’m sure giraffes on the sly do it
Even eagles as they fly do it
Let’s do it, let’s fall in love

P.D. Antonio existe. Pero no sé si se llama Antonio, eso me lo he inventado. Nunca hablamos de cosas que no son importantes, y el nombre que a uno le ponen cuando nace no lo es.

 

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