Aprendiendo de la historia

Iba yo esta mañana en el Metro leyendo. Estoy con una novela sobre la primera guerra mundial y justo voy por un capítulo en el que hablan de Rusia y de los zares.

Los zares…

Nicolás II se llamaba el que reinaba Rusia en ese momento. “Durante su reinado vio cómo el Imperio ruso sufría una debacle económica y militar”, dice la Wikipedia. Nicolás era el tipo con bigote con el que acabó la dinastía Románov. Una dinastía llena de casualidades: que si un antepasado suyo se había liado con su prima, la cuñada de ella con el hermano del otro, la prometida de su tío, que también era pariente, con su hermano… vaya, todo en familia. Algunos dicen que eso puede dar problemas, pero qué más da, eran zares.

Serlo les permitía ignorar a “su pueblo”; que pasaran penurias, viviendo muy ajenos a ellas en sus palacios. Ojito a qué palacios. “Su pueblo” trabajaba 12 horas diarias en pésimas condiciones. La corrupción estaba a la orden del día. Pero el zar había nacido zar, y, tal y como hicieran sus antepasados, no tenía que plantearse gran cosa en relación a quién era, qué hacía o por qué disfrutaba de todos esos privilegios. Él comía bien, bebía mejor y disfrutaba de la vida.

Se rumoreaba, por lo visto, porque la gente es muy mala, que los zares eran ligerillos de cascos. Vaya, de los de “chorrilla free“. La zarina era una mujer abnegada que, por el bien de su pueblo, permanecía al lado de su zar. El zar, mientras, podía dar rienda suelta a sus más reales instintos. Pero su zarina no se sentía humillada por ello, porque estaba cumpliendo su papel, y eso, a los ojos de “su pueblo”, era honroso.

Qué pilluelo el Nicolás
Qué pilluelo el Nicolás

¡Mi parada! Cierro el libro, lo guardo en el bolso, subo las escaleras, salgo a la calle, llego a la oficina, hola, hola, buenos días, buenos días, y mientras se enciende mi ordenador, empiezo a leer la prensa: “El dúplex del Rey Juan Carlos y Corinna en los alpes suizos”: “El monarca emérito convivió entre 2009 y 2012 con la consultora germano-danesa en un refugio suizo de 300 metros en el lujoso complejo Domaine Rochegrise”.

¡Caray! ¡qué coincidencia! ¡nuestro campechano emérito de vez en cuando se deja bigote!

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2 comentarios en “Aprendiendo de la historia

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