El Estado, tu amigo el lento

El otro día fui a la farmacia con una buena amiga. Hasta aquí todo normal. Al entrar vimos al farmacéutico, un joven sobradamente cualificado, que ha estudiado una carrera de esas de perderse la juventud, fisicoquímica, farmacología, farcacocinética, que tiene conocimientos suficientes para curar, ojo, ¡curar!, personas, le vimos, como decía, cortando códigos de barras de medicamentos con un cutter y pegándolos con celo en un papel. Le pedí lo que iba a pedirle (en eso no vamos a entrar) y antes de irnos me vi obligada a preguntarle:

– En pleno siglo XXI, en el que estamos preparados para mandar a personas a Marte, ¿por qué hacéis eso?

El farmacéutico, que además de tener cualificación profesional más que de sobra es más majo que las Juanola, nos explicó que el día uno de cada mes tienen que enviarlo todo pegadito a Sanidad como “declaración” de lo que han vendido a través de la Seguridad Social para que sepan lo que tienen que pagarles. Aham.

Regreso al pasado

Volví a casa y, ¡sorpresa!, me había llegado mi carnet de conducir. Yuju! Ese que perdí y que pedí a la DGT hace dos meses. Me hubiera encantado pedirlo por Internet, pero no me fue posible. Digamos que a día de hoy en España puedes pedir semen por Internet (suganado.com, mentes calenturientas y poco agropecuarias) pero no puedes pedir que te manden una copia de un carnet que tú aprobaste, con el sudor de tu frente y el temblor de tu pie sobre el embrague. A priori uno piensa que si se ha sacado el carnet eso tiene que estar en un registro en el que, con que enseñes tu DNI, un DGTiense puede comprobar que efectivamente es así y darte una copia. Pues no, tarda dos meses. El comprobante, ese mail que asegura de cara a agentes de la seguridad, el orden y los controles que aprobaste ese examen por el que pagaste más tasas que un tonto, llega mucho antes. Sólo tarda un mes. Un mes, sí. Porque “la DGT ahora mismo está un poco colapsada”.

Con mi carnet de conducir en una mano y la vergüenza metida en el alma por tener mentes privilegiadas cortando códigos de barras, puse la tele. Ponían la repetición de la entrevista de Jordi Évole a Esperanza Aguirre, los amantes de Teruel, en la que ella aseguraba que “la justicia era lenta”. La justicia. Aham.

Porque en el Ministerio de Educación todo es rapidísimo. Entiendo que el rey, con lo del cambio de trono, que debió ser un jaleo, y hacer todo lo que tenga que hacer el rey, que vive Dios será mucho, tiene poco tiempo para firmar títulos universitarios. Si no los firmara él de su puño y letra no tendría sentido que costara lo que cuesta y tardaran un año en dártelo, ¿no?.

Usain Bolt

Hacienda es otra historia. Ahí si que son veloces como el rayo. ¡Que sí! ¡en serio! Lo que pasa es que cerraron un acuerdo internacional hace ya unos años por el bien de la ciudadanía y su educación en valores. El objetivo es hacernos conscientes de que “el pasado siempre puede volver a tí”. Lo de crearnos a todos un estrés insufrible por si en el año 2007 marcamos mal una casilla en el programa PADRE, ha sido un daño colateral. Pero deberíamos estar agradecidos.

PADRE… el Estado es como nuestro padre… o eso dicen. A tu padre tampoco lo eliges cuando naces, no. Y puede gustarte o no gustarte hacer viajes eternos con carrusel deportivo de fondo, pero es lo que hay. Ahí la comparación es acertada. Ahora: aunque mi padre no entiende, como ellos, mucho de Internet, ni hace un gran esfuerzo por modernizarse, tampoco se queda con el 19% de mi sueldo. Por ahí veo lagunas…

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Yo entiendo que el Estado no es una mera empresa que tenga que ser rápida, proactiva, eficiente, eficaz, cuidar a sus clientes, exigir a sus empleados y optimizar resultados. Me educaron para entenderlo. Porque la calidad y las garantías de los servicios públicos están siempre por encima. Sospeché, en su momento, que nuestro padre quería ser un nuevo rico y que pretendía jugar a los empresarios por la vía rápida. Privatizar calidad pero seguir siendo más lento que una mamada en la luna quizá no fuera el camino. Pero ahora se acercan las elecciones y veo que hay cosas en las que nuestro padre sí funciona como una empresa privada. Tienen a sus trabajadores pidiendo poder hacer cosas, pidiendo avanzar, pero ellos están enfrascados en su eterna batalla por el oligopolio, en ver quién dirige la empresa y frenar a sus competidores. Que el mundo se pare, que yo estoy a lo mío (eso, o jugando al Candy Frozen); y como yo tengo el poder, cual junta directiva, puedo abrir de vez en cuando una rendijilla de la puerta para exigir a los que me piden, que sigan currando.

Papá: no eres una empresa privada ni tienes que jugar a serlo. Estás por encima de eso porque todos tenemos que pagarte un porcentaje bastante alto de lo que ganamos y de lo que gastamos, y eso ya es un estatus. Lo único que te pedimos es que lo que hagas, lo hagas bien. Y ya si le pones un poquito de, y ya no digo velocidad, digo agilidad, al asunto, miel sobre hojuelas. Nada del futuro, ¡tranquilo!, pero déjame pedir una copia de MI puñetero carnet de conducir por Internet, por Dios te lo pido.

Y no sé quién es el que tiene que decidir cómo digitalizar lo de los códigos de barras de los medicamentos, pero por el bien del desarrollo de las mentes privilegiadas de este país, y por si acaso no hubiera muchas, deja lo que estés haciendo y ponte con eso, anda.

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